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Diplomacia y Política Exterior

Perú rompe con Irán: ¿principios o alineamiento?

La ruptura que abre dudas sobre la política exterior peruana

Por Fun Politik·1 de noviembre de 2026
Perú rompe con Irán: ¿principios o alineamiento?

El 01 de septiembre, la Cancillería peruana anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán. La decisión invoca varios argumentos: la escalada del conflicto en Medio Oriente y las acusaciones contra Teherán por alimentarla, las trabas a las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), las restricciones al tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, y el deterioro de los derechos y libertades políticas dentro de Irán.

Son motivos que, tomados uno por uno, no carecen de fundamento. El problema surge cuando se examina la coherencia con la que Lima los aplica.


¿Por qué Irán sí e Israel no?

Si el deterioro democrático, las violaciones de derechos humanos, las restricciones a la navegación y las controversias nucleares justifican romper relaciones con un Estado, cabe preguntarse si el Perú estaría dispuesto a aplicar el mismo rasero a otros actores del mismo conflicto —empezando por Israel, con quien Lima mantiene una relación cercana y muestra disposición a profundizarla.

La contradicción se vuelve más visible en el contexto de Gaza. Israel ha sido señalado por organismos internacionales por presuntas violaciones del derecho internacional humanitario y crímenes de guerra, mientras sus autoridades defienden sus operaciones como legítima defensa frente a organizaciones armadas. La pregunta no es si ambos países son idénticos —claramente no lo son—, sino si Lima está midiendo con la misma vara a actores distintos. Si los derechos humanos y el derecho internacional bastan para romper con Teherán, ¿por qué no generan una respuesta diplomática equivalente frente a Israel?


Un giro hacia Washington

Esta decisión no ocurre en el vacío. Antes de la ruptura, el gobierno de Keiko Fujimori ya había mostrado señales de acercamiento a Estados Unidos, incluido su interés en sumarse al Escudo de las Américas, la iniciativa de seguridad hemisférica impulsada por Washington.

Vista en ese contexto, la ruptura con Irán puede leerse como parte de una reorientación estratégica más amplia. No es casualidad que los argumentos peruanos —programa nuclear iraní, OIEA, seguridad de Medio Oriente, libertad de navegación, derechos humanos y democracia— coincidan casi punto por punto con las principales preocupaciones que Washington mantiene sobre Teherán. La pregunta pertinente no es si esos argumentos son legítimos en sí mismos, sino si esta coincidencia refleja una convergencia circunstancial o una política exterior cada vez más alineada con los intereses estadounidenses.


El perfil del canciller

La trayectoria del canciller Carlos Espá alimenta esta lectura. Antes de asumir el cargo, trabajó unos quince años en el área de prensa de la Embajada de Estados Unidos en Lima (2008–2023) y cursó una maestría en Ciencia Política en American University, en Washington D.C., como becario Fulbright.

Esos antecedentes no prueban por sí solos que sus decisiones respondan a instrucciones de Washington, y sería un error tratarlos como tal. Pero sí son un dato relevante para entender la orientación de la Cancillería en un momento en que varias de sus decisiones coinciden con las prioridades estratégicas de Estados Unidos. El debate de fondo no debería girar en torno a la biografía del canciller, sino a una pregunta más amplia: ¿hasta qué punto la política exterior peruana actual responde a intereses nacionales propios, y hasta qué punto acompaña la estrategia hemisférica estadounidense?


El lugar de China y la diversificación

Esa pregunta importa aún más si se considera la estructura económica del país. China es uno de los principales socios comerciales del Perú; Estados Unidos también ocupa un lugar central en su economía y su política exterior. En un contexto de creciente rivalidad entre ambas potencias, a Perú le conviene evitar quedar atrapado en esa confrontación, y una política de diversificación le da mayor margen de maniobra internacional.

La ruptura con Irán, aislada, no prueba que el país haya abandonado esa estrategia. Pero sumada al acercamiento con Washington, al fortalecimiento del vínculo con Israel y a la posible incorporación al Escudo de las Américas, empieza a dibujar una tendencia hacia un alineamiento más definido con el bloque estadounidense.


¿Y la autonomía?

Durante décadas, el Perú cultivó relaciones simultáneas con Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India, Japón, Corea del Sur e Irán, entre otros, sin subordinarse por completo a una sola potencia. El problema no es que el país fortalezca sus vínculos con Washington —es, después de todo, un socio estratégico central—. El riesgo aparece cuando esa cooperación se convierte en dependencia, y las posiciones internacionales del Perú empiezan a responder más a la lógica de competencia entre grandes potencias que a sus propios intereses.


Esto no implica que un Estado deba mantener relaciones con todos los gobiernos sin importar sus acciones: romper relaciones es una prerrogativa legítima. Pero la autonomía exige consistencia. Si un país invoca ciertos principios para sancionar a un Estado, debería estar dispuesto a aplicarlos también a sus socios estratégicos. De lo contrario, los derechos humanos y el derecho internacional corren el riesgo de convertirse en criterios selectivos, usados según la posición geopolítica del país en cuestión y no según los hechos.


¿Qué gana el Perú?

Queda, finalmente, la pregunta más práctica: ¿qué obtiene el Perú con esta ruptura? El país no tiene con Irán una relación económica o estratégica comparable a la que sostiene con China o Estados Unidos, así que el beneficio inmediato parece ser sobre todo político y simbólico —una señal hacia ciertos socios— más que económico. A cambio, Lima pierde capacidad de interlocución con Teherán y margen diplomático en una región donde Perú, hasta ahora, apenas tenía presencia.

La pregunta de fondo, entonces, no es simplemente si estuvo bien o mal romper relaciones con Irán, sino una más amplia: ¿está el Perú definiendo su política exterior según sus propios intereses nacionales, o empieza a insertarse, decisión tras decisión, en la arquitectura estratégica de Estados Unidos para América Latina y Medio Oriente?

Etiquetas:peru · geopolítica

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