Operaciones de Mantenimiento de la Paz
Cómo la ONU busca preservar la paz en zonas de conflicto

Imagen: Benyi Barros (generada con IA)
Una de las funciones originales de las OI 's se orienta a la implementación de un orden global multipolar y basado en el diálogo, tal y como la teoría liberal de las relaciones internacionales propone. Para ello, las OI’s se presentan como foros de cooperación entre estados, ofreciendo un método de resolución pacífica de conflictos, de tal manera que, en lugar de recurrir a mediciones ad hoc o, sencillamente, a la fuerza, los países cuenten con canales oficiales por los cuales puedan exponer sus intereses y posturas, y estas puedan ser juzgadas y defendidas a la luz de las concepciones comunes elaboradas por acuerdo de la comunidad global. No obstante, tal y como se ha expuesto en artículos previos, la naturaleza de las OI 's no se limita a la mera negociación dialogada, sino que, desde sus mismos orígenes han existido pactos internacionales para el mantenimiento de la paz y la seguridad en ciertas regiones del mundo (Barea Ripoll, 2009).
Antes de indagar en el concepto moderno de las Operaciones de Mantenimiento de la paz, conviene que analicemos el trasfondo histórico que ha dado lugar a esta serie de medidas pacificadoras. Así pues, el primer precedente de una intervención de carácter coactiva derivada de un acuerdo entre varios países para mantener el orden que, en aquel momento, era considerado el “moral y deseable”, lo encontramos en la Santa Alianza (Roldán Tudela, 2023). Esta entidad, que aún distaba de una Organización Internacional, contaba, sin embargo, con una estructura precursora muy cercana a los modelos actuales, con reuniones periódicas celebradas por representantes de los diferentes estados miembros para la persecución de una serie de fines en común. La más famosa de las materializaciones de los medios de esta alianza fue la intervención del ejército llamado los Cien Mil Hijos de San Luis, desplegado en la península ibérica en 1822 con el objeto de defender el absolutismo y frenar la proliferación de gobiernos liberales en Europa.
Las intervenciones militares con respaldo diplomático interestatal no corresponden, por ende, exclusivamente a nuestro Orden Mundial, si bien hemos observado una normativización superior de los mismos. Al contrario, las Operaciones de mantenimiento de la paz llevan existiendo desde hace siglos. No ha sido, en cambio, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, que la comunidad internacional ha provisto, por medio de la ONU, una serie de herramientas reconocidas dentro del Derecho Internacional para justificar el despliegue de fuerzas armadas combinadas, cuya intención sea la de evitar un mayor derramamiento de sangre y, en el caso de las zonas de soberanía disputada, la ausencia de una estructura de seguridad que vele por la seguridad de la Población de la región. Fue, precisamente, en uno de los conflictos que marcó la Guerra Fría, concretamente la Crísis de Suez de 1956, cuando nacieron los Cascos Azules en el seno de la ONU (Barea Ripoll, 2009).
El objetivo de estas fuerzas fue el de asegurar que se respetaran los altos el fuego en la península del Sinaí, así como actuar de “colchón” entre las fuerzas egipcias y las israelíes y, dada la ausencia de un cuerpo de fuerzas de seguridad, garantizar por sí mismos la paz y seguridad de la región. Tras la caída del Muro de Berlín, estas misiones se tornaron más complejas, pasando de apostar meros contingentes para confirmar la correcta implementación de los altos el fuego a misiones multidimensionales. La misma comunidad internacional desarrolló todo un cuerpo jurídico que contemplaba los casos en los que los países que no realizaban ningún esfuerzo por proteger a su ciudadanía fueran objeto de medidas acordadas por los estados para recibir tropas que garantizar el orden dejado atrás por las estructuras ineficaces. Otra opción prevista en el Derecho Internacional es que fueran los mismos estados quienes solicitaran tal ayuda, siendo objeto de despliegues de dispositivos de seguridad que sustituyeran a un ejército incapaz de complir con sus obligaciones de protección.
Ahora bien, la ONU no es la única OI que se ha dedicado al despliegue de contingentes armados, no para la realización de operaciones militares claramente inclinadas a favorecer a un bando sobre otro, sino a la mera garantía del mantenimiento de la paz y a evitar derramamientos de sangre entre la Población civil o zonas protegidas, tales como núcleos urbanos o industriales. A la ONU se le suma, por lo tanto, otra entidad que, desde hace más de 30 años, concretamente desde la firma del tratado de Maastricht, ha provisto a determinadas regiones del globo con fuerzas de control y patrullas observadoras para garantizar la ejecución de los planes de pacificación y alto el fuego. Es el caso de la Unión Europea, la cual, desde que se firmara el mencionado Tratado de Maastricht en 1992 (Fonseca Morillo & Martín Burgos, 1992), en el que se previeron las necesidades de seguridad de la UE, comenzaron a combinar misiones de carácter civil y militar, conocido como el "Comprehensive Approach", para gestionar áreas asoladas por conflictos.
La amplia gama de actores y estructuras dedicadas a la implementación de Operaciones de Mantenimiento de la Paz convierten en imposible la tarea de analizar en profundidad el marco jurídico y funcional a la luz de la cual se dan tales métodos. No obstante, cabe destacar que, incluso en la actualidad, donde el papel de la ONU, del Derecho Internacional y de las misiones de esta suerte se encuentra puesto en entredicho por las potencias globales principales, no son nulos los casos en los que tales misiones han sido alabadas por su éxito y beneficio duradero. Es el caso de intervenciones como el despliegue de los Cascos Azules de la ONU en Namibia después de la guerra de la independencia, entre los años 1989 y 1990. Estas fuerzas desempeñaron un papel de transición pacífica hacía la independencia y garantizaron el ejercicio de elecciones democráticas. Igualmente relevante fue la misión UNOCI, en Costa de Marfil, donde la ONU consiguió que entre 2004 y 2017, la situación del país se estabilizara y se diera un desarme exitoso tras la guerra civil. Las fuerzas de la Unión Europea han alcanzado triunfos similares, como es el caso de la EUFOR Althea en Bosnia y Herzegovina (González, 2018), donde, desde 2004, siguen manteniendo la paz y la seguridad tras relevar a la OTAN. La Operación Atalanta, por su parte, ha disminuido drásticamente la piratería marítima en el Cuerno de África y ha permitido el acceso de miles de toneladas de ayuda Humanitaria (García, 2019).
No obstante, las constantes críticas evidencian que también hay casos de fracasos entre estas Operaciones de pacificación. Son varios los casos en los que tanto los despliegues de la ONU como de la UE no han alcanzado los objetivos propuestos, como lo fue la situación de la misión UNAMIR en Ruanda, cuando, en 1994 (Castetlon & Aparicio, 2024), permitieron por falta de recursos y legitimación que el genocidio se llevara a cabo sin poder detenerlo. Algo similar sucedio en Srebrenica/Bosnia con al UNPROFOR en 1995, cuando, por ausencia de Derecho para intervenir y de capacidades efectivas para proteger a la Población, los Cascos Azules del batallón holandés Dutchbat III hubieron de permitir la entrada de una facción armada en su base, donde se guarecían miles de civiles, y su asesinato en masa. Las misiones de la UE también han sufrido derrotas operativas, como fue el caso de las misiones EUSEC y EUPOL en la República Democrática del Congo, donde las reformas de seguridad que impulsaron generaron un impacto excesivamente limitado y local, sin mejorar la situación de la región, así como el reciente retroceso de las misiones de varios ejércitos de la UE, principalmente franceses, en el Sahel, en beneficio de fuerzas yihadistas y el Afrika Korps ruso.
El despliegue de Operaciones de mantenimiento de la paz se demuestra, en conclusión, una herramienta de gran utilidad, siempre y cuando exista voluntad política por parte de los emisores y receptores de la misma. Asimismo, estas operaciones carecen de fuerza si no vienen debidamente acompañadas de legitimidad internacional, recursos económicos y un interés por depositar el poder de la región en estructuras locales. Ante la ausencia de estos recursos y, con excesiva frecuencia, de legitimidad e interés en la Comunidad Internacional, es evidente que las operaciones de mantenimiento de la paz se encuentran profundamente limitadas. Así pues, para aproximarse a los conflictos y crisis humanitarias mediante estas herramientas, resulta imprescindible que se reinvente el concepto de estas fuerzas, atribuyéndose una cantidad de recursos superiores, así como un marco legal más consolidado que los faculte para actuar ante toda situación, sin encontrarse con el Derecho Internacional como un obstáculo, sino como un respaldo.
Bibliografía
Roldán Tudela, J. M. (2023). 7 de abril de 1823: Invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis. Academia de las Ciencias y las Artes Militares (ACAMI). https://www.acami.es/efemerides/7-abril-de-1823invasion-de-los-cien-mil-hijos-de-san-luis/
Barea Ripoll, Á. M. (2009). Las Operaciones de Mantenimiento de la Paz en el contexto de la reforma de Naciones Unidas. Boletín de Información, (312), 49-76.
Fonseca Morillo, F. J., & Martín Burgos, J. A. (1992). El Tratado de Maastricht: análisis y perspectivas. Revista de Instituciones Europeas, 19(2), 517-564.
Castetlon, M., & Aparicio, F. (2024). A 30 años del genocidio de Ruanda de 1994: la experiencia de los cascos azules uruguayos. Testimonios, 13, 1-25.
García, J. (2019). El papel de las misiones de paz de Naciones Unidas en la estabilización del Cuerno de África. Informativo, (44), 112-135.
González, A. (2018). El mandato de la ONU y las limitaciones de los Cascos Azules frente al genocidio de Srebrenica en Bosnia. Estudios de Derecho Internacional, 22(1), 89-114.
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