Influencia de los acuerdos internacionales en las formas de gobierno y relaciones de poder en Medio Oriente
Los pactos diplomáticos suscritos desde la era colonial determinaron los sistemas de gobierno que persisten hoy en Medio Oriente. Las jerarquías de poder actuales tienen, en muchos casos, un origen ajeno a la región.
Foto: archivo editorial
Introducción
Para algunos autores es esencial remitirse a los acontecimientos que tuvieron lugar tras la Primera Guerra Mundial, ya que fue el punto de partida para la posterior reconfiguración del mapa de Medio Oriente. Los acuerdos y decisiones tomados durante ese periodo generaron nuevos Estados y fronteras que, en muchos casos, sentaron las bases de futuros conflictos.
Históricamente, Medio Oriente ha sido un territorio de múltiples controversias geopolíticas las cuales no deben considerarse como hechos aislados o independientes, sino como una cadena de eventos que han marcado la región durante varios siglos. Las luchas por el territorio, junto con la intervención de potencias extranjeras como el Reino Unido y Estados Unidos en el conflicto palestino-israelí o el acuerdo Sykes-Picot después de la primera guerra mundial, han sido factores determinantes. Estas disputas de poder, aunque pueden basarse en fundamentos histórico-religiosos, también se sostienen por la búsqueda del control de los recursos naturales, siendo el más importante el control de los hidrocarburos y las rutas comerciales, como el Golfo Pérsico.
La situación de inestabilidad política en la región se ha agravado en las últimas décadas debido a la conjunción de factores internos y externos. Frente a la fragilidad de los Estados, la fragmentación política y los conflictos entre facciones que han generado crisis internas, las intervenciones extranjeras y los intereses estratégicos mundiales han profundizado el desorden regional. Este escenario ha facilitado la injerencia de actores externos que buscan influir en la región y asegurar el control de sus recursos energéticos, reforzando así la importancia de Medio Oriente como un centro clave en la economía mundial. Este ensayo explorará las diversas dinámicas de poder que configuraron la región y cómo la intervención extranjera influyó en la permanencia de ciertos regímenes.
Desarrollo
Para muchos autores, el punto de partida o el mayor responsable de la dinámica tan volátil en Medio Oriente se explica desde la configuración de fronteras impuestas tras la Primera Guerra Mundial, tras la caída del imperio Otomano, en particular mediante los acuerdos Sykes-Picot, acuerdos secretos donde Gran Bretaña se hacía dueño del este de Irak ganando fuerte presencia en el Golfo Pérsico por ser una ruta estratégica hacia la India además del norte de la península Arábiga y Transjordania y Francia con el Líbano, Siria y el norte Irak bajo el consentimiento de Rusia que también tendría que haber obtenido acceso a Estambul y a los Estrechos Turcos, pero que finalmente no se cumplirían debido a eventos posteriores (Fromkin, 1989). Estos acuerdo firmados en 1916 entre el Reino Unido y Francia, redefinió el mapa de la región al dividir el territorio del colapsado Imperio Otomano en esferas de influencia, sin considerar las complejas realidades étnicas, religiosas y culturales de sus habitantes de las que posteriormente serían tratados por los británicos en la Declaración Balfour (Saborido, 2019).
Esta delimitación arbitraria de fronteras no solo facilitó la formación de nuevos Estados, sino que también instauró rivalidades y conflictos que han perdurado a lo largo del tiempo (Gelvin, 2011). No obstante, más que establecer Estados de iure, estos acuerdos buscaban delimitar esferas de influencia entre las potencias coloniales, sin una intención inmediata de crear naciones independientes (Fuentes Gil & Pellicer Balsalobre, 2016).
Para 1917, Gran Bretaña habría realizado varios acuerdos con líderes árabes, como por ejemplo a Sharif Husayn de La Meca, en la que Gran Bretaña apoyaría la creación de un Estado árabe independiente a cambio de su ayuda contra los otomanos, pero dio una vuelta de intereses mostrando su apoyo hacia la población judía a través de la Declaración Balfour, con el fin de brindarles un hogar nación, situación que no haría más que complicar sus relaciones anglo-árabes. Según Cleveland (2009), este cambio en los intereses de la corona británica se fundamentaba en el aseguramiento de su influencia en Palestina, para que así evitar que Francia tomara control de la región y se haga del canal de Suez, además permitía fortalecer su alianza en la guerra con los Estados Unidos y los revolucionarios judíos en Rusia. La intervención británica posterior y la interpretación ambigua del documento reforzaron las desconfianzas entre los actores locales, sentando las bases para un conflicto que, a pesar de los intentos de mediación internacional, continúa repercutiendo en la política regional.
A un año del inicio de la Guerra Fría se dio la resolución más importante que marcaría los futuros conflictos árabes-israelíes. En 1947 se dio el Plan de Partición de las Naciones Unidas, en este documento se establece el régimen internacional de Jerusalén pues al ser considerado un territorio de alta importancia religiosa ya que alberga los lugares santos más importantes para las 3 religiones monoteístas que se encontraban alrededor de este territorio siendo el judaísmo, el cristianismo y el islam respectivamente se vio la necesidad de garantizar la protección y el libre acceso a estos lugares bajo la administración internacional de las Naciones Unidas para así asegurar cierta imparcialidad (Naciones Unidas, 1997). En el documento _La Condición Jurídica de Jerusalén_ muestran la partición de Palestina en tres partes conformando así, un estado judío, un estado palestino y un régimen especial para la ciudad de Jerusalén.
Esta división como se ve representado en los mapas expuestos en el documento por la misma ONU no garantizaron la independencia de Palestina tras las fronteras propuestas y dio a que Jerusalén también se vea dividida entre Israel y Jordania.
Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética dieron su voto a favor de la resolución 181. Ambas superpotencias intervinieron en el territorio palestino para promover regímenes y movimientos que se alinearan con sus respectivas ideologías. Por un lado, Estados Unidos favoreció regímenes autoritarios que garantizaban la estabilidad y aseguraban el acceso a los estratégicos recursos energéticos; por otro, la Unión Soviética respaldó movimientos revolucionarios y gobiernos de corte socialista, lo que exacerbó las divisiones internas y consolidó estructuras de poder autoritarias.
En el transcurso de la Guerra Fría, los líderes gubernamentales de Turquía, Irán, Irak y Siria pusieron en marcha iniciativas de construcción nacional con el fin de establecer Estados sólidos y centralizados. En el transcurso de estas iniciativas, las autoridades de la región comenzaron a considerar a la población kurda como un elemento divisivo y un riesgo para la cohesión territorial de sus naciones. Como resultado, se llevaron a cabo políticas de homogeneización que suprimieron los derechos políticos y culturales de las comunidades kurdas, imponiendo una represión tanto política como cultural (Castillo, 2018).
Esta situación de marginación desencadenó una resistencia perpetua por parte de los kurdos, fortaleciendo así su sentido de identidad nacional. Durante las décadas de 1960 en Irak y de 1980 en Turquía, el nacionalismo kurdo se ajustó a los distintos contextos políticos, creando una conciencia colectiva de "kurdidad" que impulsó movimientos en pro de la autonomía y la autodeterminación. Sin embargo, los Estados en los que vivían los kurdos continuaron percibiéndolos como un peligro, lo que resultó en una serie de conflictos prolongados (Castillo, 2018).
Otros casos se encuentra Irak sobre la invasión liderada por Estados Unidos en 2003 donde se desmanteló el régimen de Saddam Hussein, creando un vacío de poder que facilitó la expansión de grupos extremistas y aumentó la influencia iraní en el país. Otro suceso lo encontramos en Siria en el año 2011 cuando evolucionó, el conflicto, en una guerra civil con múltiples actores internacionales involucrados. El régimen de Bashar al-Asad, respaldado por Rusia e Irán, logró mantenerse en el poder hasta su colapso en 2024, resultado de la debilitación de sus aliados y la intensificación de conflictos regionales. Por último, Yemén, en el 2015, se encuentra una coalición liderada por Arabia Saudita que intervino militarmente para respaldar al gobierno yemení frente a los rebeldes hutíes, quienes cuentan con el apoyo de Irán. Este conflicto llegó a generar una crisis humanitaria significativa y ha exacerbado las tensiones sectarias en la región.
Respecto a los cambios de relaciones de poder junto al ascenso de Irán y Arabia Saudita, ambos países rivales, se ha logrado convertir en un factor determinante en la configuración geopolítica en el Medio Oriente. Pues ambas naciones buscan expandir su influencia por medio del apoyo hacia distintas facciones en la región; generando el aumento de divisiones y tensiones políticas. Aunque desde el 2023 ambas naciones acordaron restablecer las relaciones diplomáticas, mediado por China.
Conclusiones
La influencia de los acuerdos internacionales en Medio Oriente ha sido un factor determinante en la configuración de las formas de gobierno y en las relaciones de poder de la región. Desde los acuerdos Sykes-Picot hasta las resoluciones de la ONU y las intervenciones extranjeras más recientes, los actores internacionales han desempeñado un papel fundamental en la fragmentación y reconfiguración del panorama político de Medio Oriente. La imposición de fronteras arbitrarias sin considerar la diversidad étnica, cultural y religiosa ha dado lugar a conflictos prolongados que continúan afectando la estabilidad de la región.
Las disputas de poder en Medio Oriente no solo han sido el resultado de factores internos, sino que han estado profundamente marcadas por la intervención de potencias extranjeras con intereses estratégicos. El conflicto palestino-israelí, la cuestión kurda y la injerencia de Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría han generado un contexto en el que la estabilidad es precaria y la rivalidad entre grupos étnicos, religiosos y políticos se mantiene latente. Asimismo, el acceso a los recursos energéticos y la importancia geopolítica de la región han convertido a Medio Oriente en un escenario de competencia global, donde los intereses económicos y políticos de potencias extranjeras siguen influyendo en las decisiones internas de los Estados.
En las últimas décadas, las intervenciones militares extranjeras han exacerbado la inestabilidad en países como Irak, Siria y Yemen. La invasión de Irak en 2003 desmanteló un régimen autoritario, pero generó un vacío de poder que facilitó el auge de grupos extremistas y consolidó la influencia de Irán en el país. De manera similar, la guerra civil en Siria, iniciada en 2011, permitió la injerencia de múltiples actores internacionales, contribuyendo a una prolongada crisis humanitaria y política. En Yemen, la intervención de la coalición liderada por Arabia Saudita en 2015 intensificó las divisiones sectarias, prolongando un conflicto con consecuencias devastadoras para la población civil.
El ascenso de Irán y Arabia Saudita como actores clave en Medio Oriente ha transformado aún más el equilibrio de poder en la región. Ambos países han utilizado estrategias de influencia indirecta, apoyando a diversas facciones en conflictos regionales, con el objetivo de expandir su hegemonía. Sin embargo, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambas naciones en 2023, mediado por China, podría representar un punto de inflexión en la dinámica de confrontación. A pesar de ello, persisten interrogantes sobre el impacto real de este acercamiento en la resolución de conflictos y en la estabilidad regional a largo plazo.
En definitiva, la historia de Medio Oriente refleja cómo los acuerdos internacionales han modelado las estructuras de poder y han dejado una huella imborrable en la región. La combinación de fronteras artificiales, intereses geopolíticos, intervenciones militares y rivalidades sectarias ha contribuido a la prolongación de los conflictos. Si bien algunos intentos recientes de reconciliación diplomática pueden sugerir una posible transformación del panorama geopolítico, la estabilidad de Medio Oriente sigue dependiendo de la capacidad de los actores regionales e internacionales para establecer mecanismos de diálogo y cooperación que trasciendan los intereses particulares y prioricen el bienestar de las poblaciones afectadas.
Referencias
CASTILLO, Juan Carlos, (2018), “Los kurdos en el escenario geopolítico del Medio Oriente pos-2010: fronteras, nacionalismo y estado-nación”, en GARDUÑO,Moisés (et al), Temas contemporáneos de Medio Oriente: Ensayos en honor a Luis Mesa Delmonte,México, El Colegio de México/UNAM, pp. 129-139.
Cleveland, W. L., Bunton, M., & Bunton, M. (2009). A history of the modern Middle East (4. ed). Westview Press.
Fromkin, D. (1989). A Peace to End All Peace, The Fall of the Ottoman Empire and the Creation of the Middle East.
Fuentes Gil, F. J., & Pellicer Balsalobre, J. (2016). Cien años de geopolítica en Oriente Medio el acuerdo de Sykes-Picot. No 3 (Julio-septiembre), 895-932. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6019508
Naciones Unidas. (1997). La Condición Jurídica de Jerusalén. https://unispal.un.org/pdfs/97-24262s.pdf
Saborido, M. (2019). El origen del conflicto de Medio Oriente: Una revisión historiográfica. RihumSo : Revista de investigación del Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales, 16, 107-147. https://doi.org/10.54789/rihumso.19.8.16.6
Etiquetas:geopolítica · diplomacia
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