¿SUNÍES CONTRA CHIÍES O UNA DISPUTA POR EL PODER?
Las guerras de Yemen y Siria responden ante todo a la pugna geopolítica entre Irán y Arabia Saudita, no a una fractura religiosa. El discurso sectario funciona, sobre todo, como cobertura de intereses de poder.
Foto: archivo editorial
La rivalidad entre Irán y Arabia Saudita en las guerras de Yemen y Siria
INTRODUCCIÓN
Existen conflictos cuya complejidad resulta tan vasta que cualquier intento de explicarlos mediante una única causa termina siendo inevitablemente insuficiente. Medio Oriente constituye quizá uno de los ejemplos más evidentes de esta realidad; una región donde, con frecuencia, las guerras son interpretadas a través de categorías aparentemente claras como la religión, la identidad o las diferencias sectarias, que, aunque relevantes, difícilmente logran explicar por sí solas la profundidad de las dinámicas que las sostienen; en efecto, detrás de numerosos enfrentamientos contemporáneos subyacen disputas menos visibles, pero considerablemente más determinantes, vinculadas al poder, la seguridad y la influencia regional. No es casual, por tanto, que conflictos inicialmente concebidos como asuntos internos hayan terminado adquiriendo una dimensión geopolítica capaz de involucrar a actores cuyas ambiciones trascienden ampliamente las fronteras de los Estados en cuestión.
Dicho ello, Yemen y Siria representan, quizás mejor que cualquier otro caso reciente, esta transformación; aunque ambos conflictos surgieron a partir de tensiones políticas y sociales asociadas al contexto de la Primavera Árabe, su evolución estuvo estrechamente vinculada a la creciente rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, dos potencias regionales que han proyectado su competencia estratégica mediante actores locales, alianzas políticas e intervenciones indirectas. Bajo esta perspectiva, resulta pertinente cuestionar aquellas interpretaciones que atribuyen estos conflictos principalmente a la histórica rivalidad entre el islam chií y el islam suní. Si bien la dimensión religiosa ocupa un lugar innegable dentro de la política regional, Fox (2001) advierte que explicar los conflictos de Medio Oriente exclusivamente desde la religión puede conducir a lecturas excesivamente simplificadoras. En este sentido, el presente ensayo sostiene que las guerras de Yemen y Siria evolucionaron hacia guerras proxy debido a la intervención de Irán y Arabia Saudita, cuyas estrategias de expansión de influencia y búsqueda de hegemonía regional transformaron conflictos locales en escenarios de competencia geopolítica indirecta.
DESARROLLO
Se sabe que la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita constituye uno de los ejes más influyentes de la política contemporánea de Medio Oriente, aunque con frecuencia se atribuye a diferencias religiosas entre chiíes y suníes, esta interpretación resulta insuficiente para comprender su complejidad. La Revolución Islámica iraní de 1979 marcó un punto de inflexión en la región al alterar el equilibrio de poder existente y favorecer la consolidación de ambos Estados como potencias regionales con proyectos políticos contrapuestos; desde entonces, la competencia por influencia, liderazgo y capacidad de proyección regional se convirtió en un elemento persistente de la política de Medio Oriente, trascendiendo las diferencias estrictamente religiosas y proyectándose sobre diversos escenarios de conflicto.
Ahora bien, sostener que Yemen y Siria evolucionaron hacia guerras proxy implica reconocer también que, ambos conflictos atravesaron una transformación sustancial en su naturaleza. Inicialmente, tanto la guerra civil siria como el conflicto yemení estuvieron asociados a demandas políticas, sociales y económicas vinculadas al contexto de la Primavera Árabe; sin embargo, conforme estas crisis se profundizaron, comenzaron a atraer la atención de actores regionales cuyas prioridades diferían considerablemente de las reivindicaciones planteadas por los grupos locales. En efecto, la creciente participación de Irán y Arabia Saudita alteró progresivamente las dinámicas internas de ambos escenarios, pues el respaldo financiero, militar y político otorgado a distintos actores permitió que disputas originalmente nacionales se insertaran dentro de una competencia regional más amplia. Como señala Diansaei (2018), especialmente a partir de 2011 la rivalidad entre ambos Estados empezó a proyectarse con mayor intensidad sobre diversos conflictos de la región, utilizando aliados estratégicos para fortalecer posiciones e incrementar capacidad de influencia; ello evidencia que las decisiones adoptadas por los actores locales dejaron de responder exclusivamente a las condiciones internas de sus respectivos países y comenzaron, de manera simultánea, a verse condicionadas por intereses externos.
Ahora bien, reconocer la creciente participación de Irán y Arabia Saudita en ambos conflictos conduce inevitablemente a una segunda cuestión; ¿qué motivó a estas potencias regionales a involucrarse de manera tan activa en escenarios que, al menos en apariencia, pertenecían al ámbito interno de otros Estados? Una explicación recurrente sostiene que dicha intervención respondió principalmente a afinidades religiosas y a la histórica rivalidad entre el islam chií y el islam suní; sin embargo, aunque esta dimensión constituye un elemento innegable dentro de la política regional, resulta insuficiente para explicar la magnitud de los recursos políticos, económicos y militares que ambos actores estuvieron dispuestos a comprometer. Si la motivación hubiese sido exclusivamente religiosa, difícilmente podría comprenderse por qué Yemen y Siria adquirieron una relevancia estratégica tan significativa dentro de la política exterior de ambos Estados.
Como sostiene Diansaei (2018), la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita se vincula estrechamente con una disputa por liderazgo regional, dentro de la cual el sectarismo opera con frecuencia como un mecanismo de movilización política más que como la causa última de la confrontación. Esto resulta particularmente convincente si se considera lo desarrollado previamente; una vez que la seguridad, la influencia y la capacidad de proyección regional comenzaron a percibirse bajo una lógica de competencia permanente, los conflictos locales dejaron de ser acontecimientos aislados para convertirse en oportunidades estratégicas. En otras palabras, Yemen y Siria pasaron a desempeñar un papel similar al de piezas dentro de un tablero mucho más amplio, donde lo verdaderamente relevante no era únicamente quién controlaba determinados territorios, sino qué actor lograba expandir su influencia política, fortalecer sus alianzas y mejorar su posición relativa frente a su principal competidor.
Bajo esta lógica, el involucramiento iraní difícilmente puede entenderse como una simple manifestación de solidaridad hacia actores afines. Mantener capacidad de influencia en Siria significaba preservar uno de sus principales aliados regionales, mientras que fortalecer vínculos con los hutíes en Yemen le permitía incrementar su capacidad de incidencia en un espacio geográficamente sensible para Arabia Saudita. De manera análoga, la intervención saudí respondió menos a consideraciones doctrinales que a la necesidad de impedir que su principal rival ampliara progresivamente sus áreas de influencia. No resulta casual, por tanto, que ambos Estados invirtieran recursos considerables en conflictos que ocurrían fuera de sus fronteras; lo que estaba en juego excedía ampliamente las dinámicas internas de Yemen y Siria y se relacionaba, más bien, con una cuestión fundamental para cualquier potencia regional, la posibilidad de consolidar una posición predominante dentro del equilibrio de poder regional.
Llegados a este punto, surge una cuestión fundamental, si la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita responde principalmente a diferencias religiosas o si estas constituyen apenas una dimensión de una competencia más amplia. A primera vista, la primera explicación parece razonable; después de todo, las identidades religiosas ocupan un lugar significativo dentro de la política regional y continúan influyendo en la manera en que numerosos actores construyen alianzas, legitiman discursos o movilizan apoyos ( y es ésta la que suele dominar buena parte de análisis parecidos); sin embargo, aceptar esta premisa sin mayor cuestionamiento corre el riesgo de simplificar fenómenos cuya complejidad excede ampliamente el ámbito doctrinal y sería asumir que la dimensión religiosa posee una capacidad explicativa superior a otros factores igualmente determinantes, cuestión que merece ser problematizada.
Precisamente en esta línea, Fox (2001) cuestiona la tendencia a atribuir los conflictos de Medio Oriente exclusivamente a factores religiosos, advirtiendo que dicha lectura puede simplificar fenómenos atravesados simultáneamente por intereses políticos, territoriales y estratégicos. Esta observación resulta pertinente, pues si la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita respondiera fundamentalmente a diferencias doctrinales, sería difícil explicar por qué ambos Estados han desarrollado comportamientos que obedecen claramente a cálculos de poder e influencia regional. Más aún, numerosas alianzas y decisiones políticas observadas en Medio Oriente han demostrado que los Estados no siempre actúan en función de afinidades religiosas, sino de aquello que consideran más conveniente para la protección o expansión de sus intereses estratégicos. Bajo esta lógica, el sectarismo no desaparece ni pierde relevancia; por el contrario, continúa desempeñando un papel importante, aunque no necesariamente como causa principal del conflicto y su verdadera utilidad parece encontrarse en su capacidad para legitimar intervenciones, fortalecer narrativas políticas y movilizar apoyo tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales.
CONCLUSIÓN
En definitiva, ambos casos evidencian que los conflictos contemporáneos de Medio Oriente difícilmente pueden comprenderse a partir de explicaciones unidimensionales. Aunque las identidades religiosas continúan desempeñando un papel relevante dentro de la política regional, la evolución de ambos conflictos demuestra que la intervención de Irán y Arabia Saudita respondió, en gran medida, a una disputa por influencia, seguridad y liderazgo regional. En este sentido, la religión constituye una pieza relevante del tablero, pero difícilmente el tablero completo; detrás de los discursos identitarios y las diferencias sectarias persistía una competencia más amplia por redefinir posiciones de poder dentro de la región. Allí donde muchos observaban una confrontación entre chiíes y suníes, también se libraba una competencia por redefinir el equilibrio de poder en Medio Oriente. Quizá sea precisamente esta superposición de dimensiones religiosas, políticas y estratégicas lo que explica la complejidad de estos conflictos y, al mismo tiempo, recuerda una verdad frecuentemente olvidada en el análisis internacional, que las guerras suelen desarrollarse dentro de fronteras concretas, pero las disputas que les dan forma rara vez permanecen confinadas a ellas.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Diansaei, A. (2018). Saudi Arabia and Iran's rivalry in the Middle East: Proxy conflicts and regional security. _Contemporary Review of the Middle East, 5_(1), 25–42. https://doi.org/10.1177/2347798917746294
Fox, J. (2001). Two civilizations and ethnic conflict: Islam and the West. _Journal of Peace Research, 38_(4), 459–472. https://doi.org/10.1177/0022343301038004004
Gause III, F. G. (2014). _Beyond sectarianism: The new Middle East cold war_. Brookings Institution.
Haddad, F. (2017). _Understanding “sectarianism”: Sunni-Shi'a relations in the modern Arab world_. Oxford University Press.
Lynch, M. (2016). _The new Arab wars: Uprisings and anarchy in the Middle East_. PublicAffairs.
Mabon, S. (2020). _The struggle for supremacy in the Middle East: Saudi Arabia and Iran_. Cambridge University Press.
Etiquetas:geopolítica · seguridad · democracia
Análisis Relacionados
El sistema político híbrido de Irán: relaciones de poder entre instituciones religiosas y republicanas
En Irán, la autoridad clerical del velayat-e faqih se impone sobre las instituciones electas y limita el margen real de la democracia. El sistema combina elecciones populares con un poder religioso que las supervisa.
La Primavera Árabe y los Derechos Humanos
Las protestas de 2011 prometieron una apertura democrática que, en la mayoría de los casos, quedó incumplida. El texto revisa esa promesa rota desde la óptica de los derechos humanos.
¿El extremismo islámico como respuesta? Radicalización en contextos de conflicto
La radicalización islámica surge de conflictos, exclusión y crisis de identidad, no de un mandato religioso puro. El análisis desafía las lecturas culturalistas que dominan el debate sobre terrorismo.