ISRAEL: ¿SUPERVIVENCIA O SUPREMACÍA?
La política de seguridad israelí en Gaza plantea una pregunta incómoda: ¿responde a una lógica defensiva o revela una pretensión de dominio étnico? El texto no elude la disyuntiva.
Foto: archivo editorial
El surgimiento del Estado de Israel es considerado por muchos autores como el inicio del conflicto en el medio oriente contemporáneo. Sin duda, el nacimiento de esta entidad política ha influido en la construcción de una paz duradera en la región más convulsa actualmente.
El 7 de octubre del 2023, Israel fue víctima del ataque terrorista más grande en su historia. Aproximadamente 1200 de civiles fueron asesinados y más de 250 fueron tomados como rehenes por el grupo terrorista palestino Hamás. A partir de ese momento, Israel lanzó su contraofensiva más larga y feroz jamás ejecutada. 15 meses después, en Gaza han sido asesinados más de 50.000 de civiles palestinos (AFP, 2025), se registraron más de 1.7 millones de desplazados (Infobae, 2024), el 96% sufre una grave inseguridad alimentaria, 1 de cada 4 personas heridas necesitará servicios de rehabilitación (OMS, 2024) y se ha destruido cerca del 90% de la infraestructura gazatí (UNOPS, 2025), entre ellas, hospitales, colegios, tuberías, etc. Además, en Cisjordania, durante el 2024, “las declaraciones de tierras estatales llegaron a su pico máximo, con un total de 23.7 km2 de tierras confiscadas” (DW, 2024).
Después de un alto al fuego fugaz, los bombardeos se han reanudado en Gaza luego de que Hamás haya rechazado la modificación unilateral de los términos del acuerdo celebrado por ambas partes el 16 de enero de este año. Por su parte, el Estado de Israel alega que sus ataques continuos y sistemáticos tienen como objetivo destruir a dicho grupo terrorista, sin embargo, el impacto desproporcionado del daño ocasionado en Gaza y Cisjordania hace pensar que las acciones del país no se limitan a la preservación del mismo.
En ese sentido, el objetivo del siguiente ensayo es identificar si el Estado de Israel busca únicamente la supervivencia dentro de un entorno hostil o si sus ambiciones constituyen una manifestación de supremacía étnica.
Para entender el conflicto actual israelí-palestino, es necesario mirar al pasado e identificar el punto de partida del Estado judío.
Según Mercedes Saborido, el sionismo “es un movimiento nacionalista \[…\] que plantea como objetivo el regreso de los judíos del mundo a la tierra de Israel, su patria originaria, para constituir una entidad política independiente, un Estado-nación”.
La gesta del sionismo tuvo como caldo de cultivo al creciente antisemitismo de mediados del siglo XIX en Europa y Europa del Este. Antes de Herzl –considerado el padre del sionismo–, el proto sionismo surge de la fallida Haskalá, como respuesta a la desvinculación religiosa del pueblo judío por la –cada vez más apreciada–, “sociedad laica”. Este nacionalismo primitivo sería el punto de partida para el movimiento nacionalista.
En su tesis titulada, “El Estado Judío” (1896), Herzl comprende que el sionismo y la construcción de un Estado judío debían adquirir fuerza política que sea capaz de alcanzar legitimación internacional a través del ejercicio de la diplomacia. Si bien, en un principio Herzl no pensó únicamente en Palestina, este se volvería parte de su ideal en el futuro.
La tesis logró tal grado de aceptación que se convocó al primer Congreso Sionista Mundial (1897). A través de una serie de Congresos posteriores, se reunieron delegados judíos de todo el mundo para nutrir la doctrina sionista. A pesar de las diferentes corrientes que se originaban de las discusiones en los Congresos, todas coincidieron en un principio vital para la supervivencia del Estado judío: el principio de superioridad numérica. Para el Estado judío sería vital mantener la superioridad numérica en relación a los nativos palestinos, pues solo así se formaría una fuerza aglutinante que justificaría la idea de un Estado-nación. Con el fin de ganar espacio frente al nativo palestino, era necesario estimular un plan de colonización. Esta idea no era nueva, de hecho, en el Segundo Congreso Sionista (1898), se llegó a la conclusión explícita de la colonización de Palestina como un camino hacia el establecimiento de un hogar nacional judío.
Por otra parte, el plan para la construcción de un “Gran Israel” (Eretz Israel) formó parte de la retórica sionista desde antes de establecerse el Estado en cuestión. Instrumentalistas judíos, vieron el establecimiento inmediato del Estado de Israel no como un fin en sí mismo, sino como una oportunidad para alcanzar otros objetivos sionistas, tales como; el control sobre la migración, la promoción de valores culturales judíos e incluso la expansión territorial en el futuro. “Esta máxima se aplica particularmente al territorio de Eretz Israel, que no es un símbolo, sino en sí mismo un objetivo vital” (Itzhak Galnoor, 1995).
Instrumentos de colonización
Tras la Declaración de Balfour (1917), los británicos deciden impulsar la migración de miles de judíos en la zona (tercera aliyá) como parte de la promesa realizada por del primer ministro británico Arthur Balfour al filántropo judeoalemán Rothschild. En esta oleada migratoria –distinta a las anteriores por rasgos nacionalistas y colonialistas–, los judíos adquierieron puestos de poder y compraron tierras palestinas bajo el establecimiento de la agencia judía para construir Kibutz y Moshads.
A pesar de los esfuerzos coloniales para lograr una mayoría judía, hasta 1947 los judíos seguían siendo una minoría ante una población palestina que los duplicaba en tamaño. Por ello, era necesario pasar al siguiente nivel: la limpieza étnica.
Durante la Nakba (1947-1949), tuvo lugar uno de los episodios más violentos de la historia moderna. Entre 700.000 a 800.000 palestinos fueron desplazados y expulsados, convirtiéndose en la población de refugiados más grande en su propia tierra. Aproximadamente, 15.000 palestinos fueron asesinados en 151 masacres cometidas por milicias sionistas. Khalidi (1992) señala: “durante este periodo, 400 aldeas palestinas fueron destruidas, despobladas e incluso borradas del mapa contemporáneo israelí”.
De igual manera, después de la guerra de los seis días (1967), Israel puso en marcha el Plan Allon para expandir su presencia en los territorios palestinos ocupados. Es así como, meses después, se funda Kfar Etzion, el primer asentamiento ilegal israelí en Cisjordania. Según la ONG israelí Peace Now, actualmente existen 337 asentamientos reconocidos por Israel y 224 puestos de avanzada en Cisjordania y Jerusalén del este.
Además, los recursos naturales más indispensables como el agua, el gas o la electricidad en Gaza y Cisjordania son controlados casi en su totalidad por el gobierno de Israel, el cual comete abusos sistemáticos al destruir infraestructura y negar su acceso a la población palestina. Por ejemplo, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA, 2021), “entre 2010 y 2021, las fuerzas israelíes demolieron más de 200 estructuras de agua palestinas”:
¿Guerra o destrucción del grupo como tal?
Llegados a este punto, el plan colonial y expansionista de Israel es evidente. Sin embargo, tras la contraofensiva iniciada el 7 de octubre de 2023, han surgido dudas con respecto a las intenciones de Israel sobre Hamás y el pueblo palestino. Mientras que Israel trata de excusar los bombardeos indiscriminados en Gaza con la narrativa de autodefensa, las señales de genocidio se hacen cada vez más claras.
Según el 2° artículo de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (1948), indica que, para que un delito figure como genocidio debe ser perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Dentro de los 5 actos que computan genocidio se encuentran: matar a miembros del grupo, lesión grave a la integridad física o mental del grupo, crear condiciones de vida para la destrucción del grupo, traslado por la fuerza de niños y la prevención de nacimientos.
En este sentido, para reconocer la intención de genocidio, es necesario cuestionarnos primero en que contexto se da y que componentes forman al “grupo” en cuestión.
En primer lugar, el contexto histórico, social y político son clave para determinar el o los motivos detrás de la intención genocida. Si bien es cierto, el Estado de Israel ha tenido que lidiar con amenazas externas desde su creación, la principal amenaza para el país es la que se creó a partir de la colonización de palestina –legitimada por la comunidad internacional– y la ocupación ilegal. Desde su fundación, Israel concibió al pueblo palestino como una molestia para sus pretensiones expansionistas. Así pues, se orquestaron masacres, encarcelamientos y migración en masa, desplazamientos forzosos, y se establecieron asentamientos ilegales en los territorios ocupados con la finalidad de crear un sistema de apartheid en detrimento de la población autóctona palestina.
En segundo lugar, es cierto que la “intención de destruir” se relaciona profundamente con la escalada de atrocidades cometidas, sin embargo, un análisis minucioso no debería considerar únicamente las masacres como la única manera razonable de inferirla. El Tribunal Internacional para la ex-Yugoslavia (1998) reconoce que el grupo está “compuesto por sus miembros, pero también por su historia, sus tradiciones, la relación entre sus integrantes y la relación con otros grupos y con la tierra” (párr. 732). Por ende, el impacto del daño en estos componentes repercute indudablemente en la capacidad de supervivencia y reconstrucción del grupo. Ignorar estos detalles podría sesgar el reconocimiento de la “intención de destruir” no solo en Gaza, sino también en Cisjordania donde “las operaciones de las fuerzas israelíes se han convertido en la primera causa de desplazamiento, con el 42 % de los desplazamientos documentados” (OCHA, 2025).
Si bien, la intención de destruir varía según la zona, se observa que:
“La totalidad de los actos de destrucción israelíes se dirigen contra la totalidad del pueblo palestino con el objetivo de conquistar la totalidad de la tierra de Palestina” (Albanese, 2025).
Finalmente, a propósito de las alegaciones de Israel de actuar en legítima defensa, el Magistrado Bhandari (2015), precisó en el fallo Croacia v. Serbia que la “intención genocida puede existir de manera simultánea a otros motivos ulteriores”. De esta forma, no solo se desestima la justificación israelí, sino que también se invita a reflexionar acerca de cómo un conflicto armado puede ser un medio para cometer un genocidio.
Conclusiones
El presente trabajo concluye lo siguiente:
- El sionismo es un movimiento inherentemente racista ya que reconoce derechos y otorga poder según la identidad étnica. El principio de superioridad numérica que justifica la existencia de un Estado-nación se manifiesta no solo en crímenes de limpieza étnica, el establecimiento de asentamientos ilegales y el control sobre los recursos esenciales para la subsistencia del pueblo palestino, sino que también en la negación de la ciudadanía palestina dentro del territorio israelí. De esta manera, el Estado de Israel impone la supremacía de un solo grupo (el pueblo judío) en prácticamente todos los aspectos de control político, legal y territorial sobre otro grupo (el pueblo palestino).
- La retórica de defensa propia es utilizada convenientemente por Israel para continuar el genocidio en Gaza. Como apunté anteriormente, las mayores amenazas del Estado de Israel surgieron de la colonización de territorios palestinos y la eliminación sistemática del grupo. En ese sentido, si el Estado de Israel quisiera realmente combatir esas amenazas, no sometería a la población palestina al trato inhumano del cual es objeto desde 1948 ya que, la resistencia es inevitable a la opresión. Un futuro pacífico es imposible de conseguir a través de la violencia y la ocupación.
- El genocidio en Gaza es una catástrofe anunciada y existe un peligro inminente que se cometa en otros territorios palestinos. La conducta genocida de Israel debería ser evaluada desde dos puntos: pluralidad de atrocidades y la destrucción del grupo. En el primer caso, los delitos cometidos en Gaza son “atrocidades” por la violencia y devastación extrema que dan claros indicios de “destruir”. En el segundo caso, la destrucción del grupo implica dañar gravemente los elementos que componen el grupo. La intención genocida debe ser vista de forma holística para advertir otros intentos de destrucción del grupo.
Referencias
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