El legado colonial en el conflicto Israel y palestina
Desde el Imperio Otomano hasta la ONU, las decisiones de potencias extranjeras trazaron las líneas del conflicto entre israelíes y palestinos. Ese legado colonial sigue moldeando las negociaciones actuales.

Foto: archivo editorial
Tras los recientes ataques de Estados Unidos contra Irán que terminarían con el fallecimiento del líder Ayatolá el 28 de febrero del presente año, la atención internacional volvió a centrarse en Medio Oriente y en los conflictos que continúan afectando a la región. Este interés coincide con la persistencia de la crisis humanitaria en Gaza, donde las acciones militares israelíes han sido objeto de un intenso escrutinio internacional. En este contexto, es importante recordar que la Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el exministro de Defensa, Yoav Gallant, por presuntos crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, incluyendo el uso deliberado del hambre como método de guerra contra la población civil (International Criminal Court, 2024). Asimismo, la Corte Internacional de Justicia consideró plausible la acusación de genocidio presentada por Sudáfrica contra Israel y ordenó la adopción de medidas provisionales para proteger a la población palestina (International Court of Justice, 2024).
Es en ese sentido, que también se evidencia la curiosa manera que tienen ciertos medios de comunicación de interpretar los conflictos orientales cada que uno nuevo estalla; dándoles explicaciones tanto religiosas como de enemistades históricas. Sin embargo, esta forma de interpretar los conflictos indirectamente le adjudica la responsabilidad total a actores locales, dejando por completo de lado el papel que desempeñaron en su momento las potencias en esta región. La forma más simple de identificar el legado colonial se puede identificar fácilmente si se debe analizar la división actual en Medio Oriente.
En primer lugar, para entender plenamente al Medio Oriente en el plano cultural, es importante recordar que durante la expansión del imperio árabe musulmán durante los siglos VII y VIII, se expande tanto la lengua y la cultura árabe, como la religión musulmana, pero no prevalece la imposición de ambas, es por eso que surgieron diferentes situaciones Por un lado algunos pueblos adoptaron el Islam, pero conservaron su identidad cultural. Un claro ejemplo de esto es Irán, en los cuales se convirtieron mayoritariamente al islam, pero mantuvieron el idioma persa y sus tradiciones, por lo tanto, se consideran musulmanes, pero no árabes. Por otro lado, muchos cristianos de los territorios que ahora conocemos como Siria, Líbano o la actual Palestina, se vieron influenciados por la cultura árabe, pero mantuvieron la religión cristiana, como señala Kahhat, "las divisiones árabes/no árabe y musulmán/no musulmán constituyen dos de las principales líneas de fractura cultural en Medio Oriente" (DESCO, 2025). Ahora, entre sus principales divisiones se encuentran las diferencias entre árabes y no árabes, musulmanes y no musulmanes, así como la histórica separación entre sunitas y chiitas. Israel y Palestina.
Si bien estas divisiones culturales constituyen una parte importante de la complejidad de los conflictos en Medio Oriente, es necesario señalar que, por sí solas, no permiten explicarlos en su totalidad. En ese sentido, resulta fundamental considerar también los procesos históricos y políticos que han moldeado la región. Durante más de seis siglos, gran parte de Medio Oriente permaneció bajo el dominio del Imperio Otomano, una estructura política que integró diversos pueblos y comunidades religiosas bajo una misma autoridad imperial (Quataert, 2005).
A mediados del siglo XIX, el Imperio Otomano comenzó a ser conocido como "el hombre enfermo de Europa", expresión atribuida al zar Nicolás I de Rusia para describir el progresivo debilitamiento político y militar del imperio (McMeekin, 2010). El principal problema del imperio Otomano era que era demasiado grande y difícil de controlar. Era un imperio multicultural y multireligioso, y fueron precisamente estos factores que permitirán que el nacionalismo árabe contribuye al colapso otomano decisivo en la región.
Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, los otomanos intentaron persuadir a los árabes, los cuales eran mayoría en su territorio, para que declarara la “yihad” contra los británicos y sus aliados. Sin embargo, el creciente nacionalismo árabe y el descontento con la administración otomana llevaron a diversos líderes árabes a buscar apoyo externo para alcanzar una mayor autonomía. Entre el año 1915 y 1916 Husayn Ibn Ali, jefe de la Meca y Henry McMahon, alto comisionado británico en Egipto, intercambiaron diferentes cartas en las cuales los británicos insinuaron que apoyaron la creación de un gran reino árabe independiente si los árabes se revelaban contra los otomanos. Aunque los límites exactos nunca quedaron totalmente claros, Husayn entendió que Palestina estaría incluida en ese futuro Estado árabe.
No obstante, mientras realizaban estas promesas, Sir Mark Sykes, político británico, y François Georges-Picot, diplomático francés, se repartían Medio Oriente mientras prometían libertad a los árabes. El Acuerdo Sykes-Picot fue firmado en 1916 y determinó que Jerusalén y parte de la actual Palestina no pertenecerían ni a Francia, ni a Gran Bretaña, ni al futuro reino árabe al término de la guerra. En su lugar, estos territorios quedarían bajo una administración internacional especial acordada por ambas potencias.
Paralelamente a estos sucesos, cobró fuerza el sionismo, un movimiento político que surgió como respuesta al antisemitismo europeo y que defendía la creación de un hogar nacional para el pueblo judío. En este contexto, en 1917 el ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, emitió una carta dirigida a Lionel Walter Rothschild, destacado miembro de la comunidad judía británica. En ella, el gobierno del Reino Unido manifestó oficialmente su apoyo al establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina. Sin embargo, también se especificó que no debían verse perjudicados los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en el territorio. Es decir, los árabes palestinos que ya habitaban Palestina debían conservar sus derechos.
Tras esta declaración, el movimiento sionista se fortaleció considerablemente y la migración judía hacia Palestina aumentó de manera sostenida durante las décadas siguientes. Esto generó crecientes tensiones entre la población árabe palestina y los nuevos inmigrantes judíos, sentando las bases de un conflicto que continuaría desarrollándose durante el siglo XX.
Tras la derrota del Imperio Otomano en 1918, la recién creada Sociedad de Naciones legitimó el reparto de Medio Oriente entre las potencias vencedoras mediante el sistema de mandatos, consolidado en la Conferencia de San Remo de 1920. Este sistema se justificó bajo la premisa de "ayudar" y "tutelar" a estos pueblos hasta que estuvieran preparados para gobernarse por sí mismos. Sin embargo, en la práctica, Reino Unido y Francia incumplieron las promesas realizadas a los árabes durante la guerra y establecieron nuevas formas de control político sobre la región, reforzando así el legado colonial europeo en Medio Oriente.
Unos años más adelante tras el término de la segunda guerra mundial, la Asamblea General de la recién Creada Organización de las Naciones Unidas aprueba la Resolución 181 en la cual recomendaba dividir el Mandato británico de Palestina en dos estados independientes: uno judío y uno árabe.
A lo largo de este conflicto, esta resolución ha sido comúnmente mencionada como argumento para justificar la legalidad de la creación del Estado de Israel. Sin embargo, es importante recordar que las resoluciones de la ONU no son de carácter vinculante y que, para ese momento, aun con las inmigraciones de refugiados europeos de religión judía, Palestina seguía siendo un territorio mayoritariamente árabe y musulmán. En el artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas está consagrado el principio de la autodeterminación, el cual establece el derecho de todos los pueblos a elegir libremente su estatus político y a impulsar su propio desarrollo económico (Naciones Unidas, 1945).Y es siguiendo esta misma línea que resulta cuestionable el posterior reconocimiento formal e integración de Israel como miembro e las Naciones Unidas que se concreta mediante la resolución 273(III), la cual también es aprobada por la Asamblea General de las naciones unidas en 1949.
Es en consecuencia que resulta insuficiente intentar explicar el conflicto entre Israel y Palestina reduciéndolo únicamente a diferencias religiosas o rivalidades históricas. Como se ha demostrado a lo largo de este ensayo, gran parte de las condiciones en las que se encontraron ambos pueblos fueron moldeadas por decisiones tomadas por potencias extranjeras durante el período colonial. Reconocer este legado no le resta ningún tipo de responsabilidad a la dinámica actual de ambas partes, cuyas acciones en la época contemporánea ya no están necesariamente relacionadas con la intervención extranjera. Sin embargo, comprender que este conflicto se desarrolló en un escenario donde las potencias coloniales desempeñaron un papel fundamental permite analizarlo desde una perspectiva más amplia, y es a partir de este entendimiento que es posible posicionarse de manera más consciente frente a uno de los conflictos más complejos y debatidos de la historia contemporánea: El conflicto entre Israel y Palestina.
Referencias
- Cleveland, W. L., & Bunton, M. (2016). _A history of the modern Middle East_ (6th ed.). Westview Press.
- DESCO. (2025). Entrevista a Farid Kahhat sobre Medio Oriente. Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo.
- International Court of Justice. (2024). Application of the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide in the Gaza Strip (South Africa v. Israel): Order of 26 January 2024. [https://www.icj-cij.org](https://www.icj-cij.org/)
- International Criminal Court. (2024). Situation in the State of Palestine: ICC Pre-Trial Chamber issues warrants of arrest. [https://www.icc-cpi.int](https://www.icc-cpi.int/)
- McMeekin, S. (2010). The Berlin-Baghdad Express: The Ottoman Empire and Germany's bid for world power. Harvard University Press.
- Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas. https://www.un.org/es/about-us/un-charter
- Naciones Unidas. (1947). Resolución 181 (II): Plan de partición de Palestina. Asamblea General de las Naciones Unidas. [https://www.un.org](https://www.un.org/)
- Quataert, D. (2005). The Ottoman Empire, 1700–1922 (2nd ed.). Cambridge University Press.
Etiquetas:geopolítica · seguridad
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